El reciente anuncio de Estados Unidos sobre la imposición de aranceles al cobre refinado chileno ha generado inquietud en el sector minero nacional. No es para menos: se trata de una medida que, además de afectar directamente a nuestro producto más sofisticado, contradice el espíritu del Tratado de Libre Comercio vigente entre ambos países. Sin embargo, más que enfrascarnos en una disputa con una potencia global, este momento debe ser una invitación a la reflexión estratégica.
En 2024, el cobre representó el 48% del total de las exportaciones chilenas. Pero el análisis fino revela una paradoja: el 60,5% de esas exportaciones corresponde a concentrado de cobre (SA 260300), es decir, un producto sin refinar, mientras que solo el 34,7% corresponde a cobre refinado (SA 740311), listo para su uso industrial. Aún más preocupante es la tendencia: en los últimos cinco años, la participación del cobre refinado ha caído del 19,3% en 2020 al 16,7% en 2024.
Esto evidencia una debilidad estructural: seguimos dependiendo de la exportación de materias primas con bajo valor agregado. Y ahora, cuando nuestro producto más elaborado enfrenta barreras comerciales, la urgencia de cambiar este modelo se vuelve ineludible.
La pregunta no es si debemos reaccionar, sino cómo. La respuesta no está en la confrontación, sino en la creatividad, la inteligencia de mercado y la diversificación. Debemos redoblar los esfuerzos por posicionar nuestro cobre refinado en nuevos mercados, fortalecer relaciones comerciales con socios emergentes y, sobre todo, apostar por la innovación.
Chile tiene el talento, las universidades y el ecosistema emprendedor para liderar una nueva era del cobre. Ya existen startups nacionales que están desarrollando soluciones en almacenamiento energético, componentes tecnológicos y plataformas industriales. Sin embargo, estos esfuerzos aún son aislados y limitados en escala. Lo que necesitamos es una política pública robusta, transversal y descentralizada, que impulse la innovación en cobre desde Arica hasta Magallanes. Una estrategia que conecte a emprendedores, universidades, centros tecnológicos y gobiernos regionales, y que permita que el valor agregado se genere a través de todo el territorio nacional.
Porque, aunque el cobre se extrae principalmente en el norte, es de todos los chilenos. Y es también responsabilidad de todos —desde el Estado hasta la academia, desde los emprendedores hasta los ciudadanos— aumentar su valor y transformarlo en desarrollo. En el siglo XIX, Chile recibió a Ignacio Domeyko, un visionario polaco/lituano que impulsó la industria y la academia minera, dejando una huella profunda en nuestra historia. Quizás hoy necesitamos encontrar a un nuevo Domeyko, o traerlo desde fuera, para liderar una nueva era del cobre: una era de ciencia, tecnología, sostenibilidad y valor agregado.
¿Por qué no fomentar startups que desarrollen baterías, componentes electrónicos o materiales avanzados con sello chileno? ¿Por qué no convertirnos en líderes en tecnologías limpias basadas en cobre y litio, en lugar de simples exportadores de minerales?
Además, si bien la concentración de mercado sigue siendo alta con EE.UU. y China representando el 60% de las exportaciones de cobre refinado, Chile ha logrado diversificar sus destinos. En 2024, 25 países importaron cobre refinado chileno. Desde 2020 se ha llegado a nuevos como Suecia, Singapur, Perú, Panamá, Reino Unido, Omán y Arabia Saudita. Esto demuestra que hay espacio para crecer, pero también que debemos preguntarnos: ¿qué están haciendo estos países con nuestro cobre?
En nuestro producto más refinado, nuestro principal cliente, Estados Unidos, nos ha impuesto aranceles, violando un acuerdo comercial clave. Pero más que ver esto como una derrota, debemos asumirlo como un punto de inflexión. Es hora de dejar de ser solo un país minero y convertirnos en una nación que innova con sus minerales. El cobre puede seguir siendo nuestro sueldo, pero también puede —y debe— ser nuestra palanca de desarrollo.
Por Valeska V. Geldres-Weiss, académica Facultad de Ciencias Jurídicas y Empresariales UFRO.