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Chile a 250 años de la riqueza de las naciones: Una reflexión sobre Adam Smith y el Chile actual, escrita desde La Araucanía y Manchester.

La riqueza de las naciones cumple doscientos cincuenta años, y en ese tiempo se la ha citado sobre todo para defender el libre comercio y un Estado que intervenga lo menos posible, usualmente a partir del concepto de la mano invisible, una expresión que aparece una sola vez en sus casi mil páginas. Esa lectura no es falsa, pero es parcial. El mismo libro explica qué tareas corresponden al gobierno porque a ningún particular le conviene emprenderlas, y qué ocurre con las leyes cuando las escriben quienes tienen el poder de torcerlas. Por lo tanto, resulta oportuno revisitar a Smith desde el Chile de hoy con esas tres partes a la vista –el comercio, las tareas del Estado y las reglas–, porque para Smith el bienestar de un país depende de las tres.

La primera parte concierne al comercio, y es la que mayores frutos ha dado a Chile. El país abrió su economía a mediados de los setenta bajando aranceles y, desde los noventa fue construyendo una amplia red de acuerdos comerciales que hoy alcanzan a más de 60 economías. Smith sostuvo que un país se enriquece por lo que su gente sabe hacer, y que la gente sólo puede especializarse cuando hay compradores suficientes para lo que produce. Lo había visto en Escocia, una economía débil hasta que la unión con Inglaterra de 1707 abrió a su ganado el mercado inglés; en dos generaciones el precio se triplicó y las ganancias del comercio impulsaron la especialización. De modo similar, Chile expandió sus exportaciones de cobre, salmón, vino y fruta al mundo entero, y cada diciembre las temporeras del valle central seleccionan cerezas día y noche para que lleguen a China antes del Año Nuevo. Con ello, Chile multiplicó su ingreso por habitante y redujo drásticamente la pobreza, que en 1990 alcanzaba a cerca de cuatro de cada diez chilenos, llegó en 2024 al 4.9%, bajo la metodología anterior, y al 17,3% bajo la nueva medición, considerablemente más exigente. Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz, había escrito Smith, si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable.

En el libro quinto y último de la obra, Adam Smith describe las tareas que corresponden al Estado porque el mercado no las emprenderá, enfatizando el rol de la educación. La razón podría sorprender viniendo del padre de la división del trabajo. Sin embargo, según Smith, la misma especialización que enriquece a un país embrutece a quien pasa la vida repitiendo unas pocas operaciones, hasta dejarlo incapaz de juzgar los asuntos públicos. Es por ello que defendió que el Estado contribuyera a asegurar que la población aprendiera a leer, escribir y contar, porque un pueblo instruido, escribió, es más decente, ordenado y capaz de juzgar a quienes lo gobiernan. Smith contaba las destrezas de la gente entre el capital fijo de un país, como las máquinas e infraestructura. Dos siglos y medio después, la inquietud de Smith reaparece frente a otra transformación. En 2023, en la propia Universidad de Glasgow, Gita Gopinath sostuvo que la inteligencia artificial puede ser tan disruptiva como la Revolución Industrial, y que preparar a los trabajadores para ese cambio pasa, otra vez, por la educación.

La tercera parte es una advertencia que Smith dejó al cerrar el libro primero. Los intereses de quienes viven de las ganancias, escribió, nunca coinciden del todo con los del público, y cualquier ley de comercio que propongan debe examinarse “con la más sospechosa atención”. Ya había dicho, al comparar los salarios de distintos oficios, que cuando el legislador regula las diferencias entre patrones y trabajadores sus consejeros son siempre los patrones. No desconfiaba del mercado sino de los poderosos que quieren escribir sus reglas, y la raíz de esa desconfianza está en su otro libro, La teoría de los sentimientos morales. En un capítulo añadido en 1790, Smith llamó a la disposición a admirar a los ricos y poderosos más de lo que merecen la causa universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales. De acuerdo con Smith, una sociedad puede sostenerse sin generosidad pero no sin justicia, y la justicia se corrompe cuando se tolera a la riqueza lo que no se tolera a nadie más. Por eso el economista Amartya Sen insiste en que Smith nunca concibió el mercado como un mecanismo autosuficiente, y en que su economía descansa sobre la justicia y las instituciones que la hacen posible.

En ese contexto, el Chile de 2026 enfrenta desafíos que mantienen plenamente vigente la reflexión de Adam Smith. En septiembre, el cobre alcanzó el precio más alto de su historia, mientras el Banco Central proyectó un crecimiento inferior al 1%. No hay necesariamente una contradicción: un precio elevado del cobre puede mejorar los ingresos externos del país, pero no garantiza, por sí solo, un mayor crecimiento de su capacidad productiva. El precio del mineral se determina en los mercados internacionales; el crecimiento sostenido, en cambio, depende de cuánto valor es capaz de generar el país a partir de sus recursos, de sus capacidades y de su productividad, que, según la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad, arrastra una prolongada desaceleración desde comienzos de la década pasada. Algo similar ocurre con la educación, una de las áreas a las que Smith atribuyó una clara responsabilidad pública: seis de cada diez estudiantes chilenos de quince años no alcanzaron en PISA 2025 el nivel básico en matemáticas. A ello se suma un escenario de muy baja confianza ciudadana en los partidos políticos y en otras instituciones, precisamente aquellas reglas e instituciones cuya calidad Smith consideraba fundamental para el funcionamiento de una sociedad. Para él, la riqueza de una nación no residía en el oro acumulado en sus arcas ni en la fortuna de unos pocos, sino en las condiciones de vida de su población. Desde esa perspectiva, el precio del cobre dice menos sobre la verdadera riqueza del Chile de hoy que su productividad, la calidad de la educación y la solidez de sus instituciones.

La mano invisible de Adam Smith no es una fuerza que actúe en el vacío. Al definir la libertad natural pone una condición: que cada uno persiga su interés a su manera “mientras no viole las leyes de la justicia”. Y entiende la justicia como una administración “igual e imparcial” que hace respetables los derechos del más humilde frente al más grande y asegura a cada uno el fruto de su trabajo. Por lo tanto, Chile no necesita renunciar al Smith que conoce, sino entenderlo completo, porque el que defendió abrir los mercados y el que pidió educación y leyes iguales son el mismo hombre. A doscientos cincuenta años, la mano que mueve un país no es invisible. Es la de su gente y su cultura. El cobre, el vino, las cerezas y el salmón generan ingresos para Chile; pero su verdadera riqueza está en lo que su gente sabe hacer, y en las reglas que le permiten hacerlo.

MSc. Ana Moraga Pumarino, Facultad de Cs. Jurídicas y Empresariales UFRO
PhD. Claudio Navarro González, University of Manchester

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